En condiciones normales, otros años ante un partido así hubiese estado con una tensión constante, sin poder apenas articular palabra, temblando cada vez que el balón merodease nuestro área, acongojado imaginándome haciendo alguna de las suyas a mis centrales … Pero no. Ayer no fue así. Este Atleti, en la que el término “equipo” es su mayor y más grande señal de identidad, no concede tregua alguna en su trabajo defensivo, y están tan concentrados y tan metidos en sus asuntos que te permiten contemplar el encuentro con una tranquilidad inusual, sentado plácidamente en el sofá de tu casa junto a tu hermano, comentando mientras transcurre el mismo los avatares de la vida, acordándonos de Diego, pensando en qué nos importa que nos diga Miguel Ángel Gil que no se va a ir Falcao al Madrid, cuando lo que realmente queremos es que no se vaya a ningún lado, comentando el pasado blanco de Manquillo (segundo partido más que prometedor del chaval, por cierto, Juanfran, al loro), hablando un poco de música, de series …
Claro que, el Betis también colaboró lo suyo, porque en ningún instante del encuentro dio sensación alguna de creer en la remontada. Y así, con el Atleti en plan rodillo controlador, y los béticos en plan no sé si quiero ya que en el fondo no pasa nada, fue transcurriendo el partido, sacado de su letargo habitual por, cómo no, el inefable Diego Costa y su pareja de baile, el tal Perquis, que recordaron emocionados la batalla en la ida en el Calderón y decidieron animar el cotarro recordando viejos tiempos. Claro que, quien puso la mecha, encendió la llama y terminó de hacer explotar al bueno de Costa fue Ángel, que tras un brutal codazo debió de ser expulsado.
Y en estas teníamos el partido, galopada va, mirada retadora viene, cuando ya al borde del descanso, un despeje en largo de Miranda (enhorabuena a él y a Luis Filipe por su internacionalidad brasileira, más que merecidas ambas) hizo que entre Casto y Amaya jugasen al tuya-mía, bajo la atenta e inquietante mirada de Diego Costa, y el brasileiro-portugués aprovechase la indecisión de ambos para batir la portería verdiblanca a puerta vacía. 0-1, y si aún alguien pensaba en alguna posibilidad de remontada, bye, bye, París.
La segunda parte, consciente ambos equipos de que estaba todo el pescado vendido, se decidieron a pensar casi más en sus futuros choques ligueros que en otra cosa, aunque Arda tuvo una muy buena ocasión que le sacó Casto. Y así, en las postrimerías del encuentro, Clos Gómez pitó un penaltito de Godín sobre Molina, que se encargó de transformarlo. Y estamos ya en semifinales, qué cosas que tiene la vida, madre. Aunque antes, este domingo, un partido de los que sí que tienen que hacer reventar nuestro querido termómetro. El Athletic, en San Mamés. ¿Habrá otra vez tertulia, aunque esta vez sea a las nueve?




